sábado 11 de octubre de 2008

Segunda entrega de mi Hermano, Rupert, ya sabeisEra la última jornada de la temporada nocturna y, por primera vez en mucho tiempo, no había luna llena.
El Hipódromo estaba precioso aquella noche. Las praderas perfectas bajo la luz de los focos, la gente animada ante la perspectiva de una velada fructífera y los caballos agradecidos en la pista convertían aquel jueves en algo maravilloso.
Las noches de Carreras de aquel verano Jeromín Camacho había repetido milimétricamente el mismo ritual: tres cuartos de hora exactos antes de la primera tomaba el autobús gratuito en el Paseo de Moret. De esta forma, y al llegar a los aledaños de La Zarzuela, Jeromín podía dar buena cuenta sin prisas de su bocadillo de cinta de lomo y de un batido de fresa de párvulo del que doña Jesusa, su casera, le proveía al salir del edificio con una devoción de madre.
Jeromín vivía con la única compañía de un gato medio ciego al que llamaba Gastón en una casa baja y oscura del Callejón de la Buena Pipa. Había nacido en Moral de Calatrava, provincia de Ciudad Real, pero le decía a todo el mundo que era alcalaíno como Miguel de Cervantes, que era su ídolo de siempre.
Jeromín Camacho se sentaba en uno de los bancos de piedra que bordean una parte del aparcamiento del Hipódromo, apartándose todo lo posible de miradas curiosas y de advenedizos furtivos, y despojaba el bocadillo de su envoltorio de plata. Entonces se daba sosegado a la tarea de revisar mentalmente las carreras del día intentando tapar algún hueco no cubierto a lo largo de tres días completos de estudio.
Jeromín memorizaba sus apuestas para después: El Lolo en la primera, Regencia en la segunda, La Zaarina para la tercera, Alabardero en la cuarta y Dink en el premio grande.
Dink. No era capaz de reprimir un suspiro de reverencia pronunciando aquel gran nombre: Dink.- Lo malo -pensó- es que lo monta Horcajada
Siempre lo había mantenido: lo peor del Hipódromo son los novatos.
Los novatos, que apostabanen las carreras en base a la tonalidad de la chaquetilla o a los nombres de los caballos.
El novato podía estropearle al más pintado una jornada de Carreras, desviar la concentración por unas horas, chafarle a uno el ojo clínico. Un novato recalcitrante es capaz de amargarle a uno la semana y un novato tímido se basta y se sobra para cargarse si se tercia la emoción del premio gordo.
Aquella mañana Jeromín Camacho sufría en sus propias carnes al más infame de los novatos: el novato gracioso.Era un hombre de unos cuarenta y cuatro, barbado, con cierto brillo en la coronilla y con unos ojos de paloma que exhorbitaba de vez en cuando. La nariz ancha, de gorila, y unas manos de carnicero que estrujaban ansiosas el programa oficial hacían pensar en algún trabajo físico o en una genética de megaterio.
En diez minutos las potrancas estarían disputando el Carlos Sobrino, y Jeromín Camacho aguantaba sin disimular una mueca de asco las sandeces del novato:- ¡AIBOA, AIBOA, AIBOA, AIBOA! Mira, ahí viene de nuevo: ¡AIBOA, AIBOA, AIBOA, AIBOA!El novato gracioso había estado explicando a sus compañeros que Aiboa, la preciosa yegua de Juan Luis Maroto, habría de ganar fácil porque, con ese nombre, no podía ser sino un animal rapidísimo:- Claro, ¿no veis que las otras al verla pasar van a decir: ¡AIBOA, AIBOA, AIBOA, AIBOA! - comentaba arqueando las cejas con aire de velocidad y exhorbitando los ojos de nuevo- No puede fallar.
Jeromín Camacho andaba concluyendo la sesentena. Era extremadamente bajito y gastaba unos espejuelos finos que le daban el aspecto del cicatero de la novela.Vestía un traje ajado, como de otro siglo, pero uno, recordándolo luego, bien hubiera afirmado sin tapujos que lo que cubría el diminuto cuerpecillo de Jeromín Camacho era una levita de trapero.